Iba caminando tranquila, el viento en mis heridas, la vida en mis pupilas, tan serena como la mar de día, tan lerda, adormecida... Caminaba, soñaba.
Atardecía, caminaba por las profundas calles de Mardas, simulando compasión por los mios, por aquellos que incesantemente suplicaban a mis pies, hambrientos y macilentos, aquellos que doblegaban mi edad.
Caminé largas horas, sin un punto fijo, sin algún destino, y recordé las palabras de mi madre cuando reprochaba mis travesuras infaltables por supuesto.
Faltaban pocas horas para la vencida del sol y yo seguía caminando, llorando, y extrañando a mi madrecita linda.
-Merceditas, ¿qué te dije del juego?, las fuentes siguen engrasadas, las camas destendidas, tu vida es un completo desorden, Merceditas!... - solía chillar ella.
Realmente no aguantaba más, ella quería sobrepasar mi decena de años, no entendía mi inconformidad, solo se dedicaba a vociferar, a quejarse, a gobernarme, solo a mi.
Sentí un loco deseo de escapar, y ahora la extraño tanto, madrecita linda, te extraño.
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